TRIDUO PASCUAL
Estos días son los más
importantes de todo el año litúrgico, sobretodo el Triduo
Pascual –Jueves Santo, Viernes Santo y Vigilia
Pascual–. Los días anteriores son una preparación.
La
Semana Santa tiene su pórtico y su inicio en el Domingo de Ramos o de la Pasión
del Señor. En él, conmemoramos, en primer lugar, la entrada solemne de Jesús en
Jerusalén, aclamado por el pueblo como rey de Israel y bendito en nombre del
Señor. Seguirán Lunes Santo, Martes Santo y Miércoles Santo, en que nos iremos
preparando para la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo. Seguidamente
tendremos el Jueves Santo por la mañana y ya finalmente, el Triduo Pascual,
desde el Jueves Santo por la tarde hasta el Domingo de Pascua de resurrección.
Domingo de Ramos
Es el día que abre el
pórtico de la Semana Santa, el domingo en que conmemoramos dos hechos: la
entrada solemne de Jesús en Jerusalén, aclamado por el pueblo y, en segundo
lugar, su pasión y muerte en cruz. De aquí viene que este domingo tenga dos
títulos: “Domingo de Ramos” y “Domingo de la Pasión del Señor”.
La liturgia de este
domingo es muy variada y empieza con la bendición de los ramos o palmas,
leyendo el evangelio que habla de la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. En
cambio, en la eucaristía que sigue, contemplamos la pasión y la muerte de
Jesús, según el evangelista que toque en cada ciclo. El color de los ornamentos
es el rojo.
Lunes Santo, Martes
Santo, Miércoles Santo
Son las ferias de la
Semana Santa y no es permitido celebrar ninguna solemnidad, fiesta o memoria.
Forman parte de la Cuaresma y los textos nos hablan de los preparativos
para la cena pascual y el anuncio de la traición de
Jesús por parte de Judas Iscariote. El color de los ornamentos es el morado.
Jueves Santo (mañana)
El
Jueves Santo por la mañana no tiene misa ferial. Por tanto, en las comunidades
parroquiales o conventuales no hay eucaristía, si bien sí hay una sola misa en
cada diócesis: la Misa
del Crisma o Misa Crismal. Se celebra en la
iglesia catedral, presidida por el obispo diocesano. En ella, el obispo y los
presbíteros renuevan sus promesas sacerdotales que hicieron un día en sus
ordenaciones y, a la vez, se bendice el óleo de los catecúmenos y el óleo de
los enfermos y se consagra el santo Crisma. Esta misa, de todos modos, si
parece conveniente, se puede trasladar a uno de los días anteriores.
Jueves Santo (tarde)
El
Jueves Santo por la tarde o al anochecer nos reunimos para conmemorar la última
cena de Jesús, que viene a ser un resumen o una introducción a todo lo que
viviremos durante los tres días siguientes.
Jesús, en aquella cena
última, muestra con el signo del lavatorio de los pies, cuál era el sentido de
su vida, y cuál quería que fuera el sentido de la vida de sus discípulos: la
entrega total por los demás. Y después, les deja otro signo que es una
invitación a la fe y a la confianza: les da el pan y el vino anunciándoles que
cada vez que se reúnan y celebren aquel mismo signo, él se hará presente entre
ellos como fuente de vida para siempre. Recordar y revivir estos hechos es una
invitación a vivir la entrega de Jesús, a valorar la Eucaristía y también el
ministerio de quienes la presiden, a poner el amor por encima de todo, a no
olvidar jamás la llamada a servir a los pobres. Al final de la celebración,
reservamos la Eucaristía para la comunión del día siguiente, y este acto es
para todos una invitación a manifestar nuestra fe en la presencia de Jesús.
Viernes Santo
El
Viernes Santo conmemoramos la pasión y la muerte de Jesús. Lo hacemos,
sobre todo, mediante la celebración litúrgica de este día, que es una
celebración de características especiales. Hoy, en efecto, no celebramos la
Eucaristía, porque esperamos poder celebrarla con toda la alegría la Noche de
Pascua. El color de la celebración de hoy es el rojo, porque no celebramos el
funeral de Jesús, sino su testimonio fiel hasta el final. En la celebración,
después de una entrada en silencio, llena de emoción y espíritu de oración,
escuchamos las lecturas, entre las que destaca la de la Pasión, que leemos según
el evangelio de Juan; después, decimos la plegaria universal, muy amplia y
abierta al mundo entero; después, en el momento central de la celebración,
adoramos con fe y agradecimiento la cruz de Jesús; y finalmente comulgamos del
pan consagrado ayer. Hoy es un día, pues, para reafirmar nuestra adhesión al
camino de Jesús, nuestro convencimiento de que solo en él encontramos la
salvación, y nuestra solidaridad con todo el dolor que tantos hombres y mujeres
sufren en este mundo nuestro.
Sábado Santo
El
Sábado Santo es el día del silencio y de la espera. Jesús está en el
sepulcro, y toda la Iglesia acompaña a su Señor que ha entregado la vida, con
la confianza de que esta vida dará un fruto inagotable. Hoy es el día, dicen
los textos antiguos, en que Jesús «descendió a los infiernos»: no nos quieren
decir que Jesús fue al lugar de los condenados, sino que, antiguamente, la
palabra «infiernos» se refería al lugar donde los muertos esperaban alguna luz
que les liberara. Jesús desciende al lugar de la muerte, como todos los hombres
y mujeres, pero su descenso es para llamar a todos a iniciar una nueva vida, la
vida nueva de la resurrección.
Actividad 2: cuadro sinóptico del triduo
Pascual con las actividades que se proponen en la liturgia de la Iglesia.
Subir como Actividad 2 F.H.